Los casos del norteamericano Alan Gross y de los Cinco cubanos en un callejón con salida


Por Alipio G. Sollet

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La solución de ambos casos tiene en la negociación el callejón de salida. Es cierto que desde la llegada al poder de los Castro, las sucesivas administraciones de Estados Unidos sólo han entrado en negociaciones con el gobierno cubano cuando el asunto a negociar ha sido de su más alto interés y ha comprendido que no le queda otra salida que negociar con el  régimen de La Habana.

Ahí están para testimoniarlo las negociaciones llevadas a cabo por el gobierno del presidente demócrata John F. Kennedy con el gobierno cubano en 1961-62, para lograr la liberación de más de mil mercenarios que habían sido apresados por los cubanos tras la invasión militar por Bahía de Cochinos y que se saldó con un canje de estos por medicinas y alimentos; o las negociaciones celebradas en 1994-95 entre el gobierno del presidente demócrata Bill Clinton y el gobierno cubano,  tras la llamada “crisis de los balseros”,  que se cerraron con un acuerdo migratorio mutuamente aceptable para ambos países.

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Otra prueba de negociaciones más difíciles y complejas que las que conllevarían los casos de Gross y los Cinco, fueron las conversaciones cuatripartitas llevadas a cabo para alcanzar la paz en Angola,  en las que participaron de forma activa y decisiva el gobierno del republicano Ronald Reagan y el gobierno cubano, que concluyeron con la firma de los Acuerdos de Paz en diciembre de 1988.

Es cierto que el gobierno cubano resulta un interlocutor incómodo para poderes hegemónicos reales o ficticios como Estados Unidos de América o la Unión Europea, porque no acepta un trato discriminatorio, exige que se le trate como igual y basa su política exterior en rígidos principios éticos; pero también es cierto que ese mismo gobierno ha demostrado en reiteradas ocasiones que sabe honrar sus compromisos.

Para nada ayuda que el gobierno norteamericano se empeñe en tapar el sol con un dedo o en desafiar nuestra inteligencia,  haciéndonos creer que Alan Gross es un inocente contratista –antes se les llamaba mercenario— que fue a Cuba de manera altruista y desinteresada a realizar “programas de desarrollo social”; máxime cuando la familia de Gross está demandando al gobierno estadounidense y a la empresa Development Associates International (DAI) que, a instancias de la Agencia Federal para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID),  lo contrató para “poner en marcha algunos de sus programas destinados a promover la democracia” y demandando $ 10 millones de dólares de la aseguradora Federal Insurance Company, que debía cubrir cualquier emergencia que se presentara en la “misión humanitaria” de Gross.

A estas alturas, después del fracaso de 10 sucesivas administraciones estadounidenses en imponerle sus dictados a Cuba, sería un grave error de cálculo del presidente Obama  el intentar presionar o chantajear a Cuba con el caso de Alan Gross. Si el gobierno del presidente Obama –que ha reiterado que el caso de Gross es de la más alta prioridad para esta administración–  hiciera un análisis objetivo y desprejuiciado de los casos de Alan Gross y de  los Cinco cubanos, y se decidiera a adoptar una posición realista, comprendería que la solución para ambos pasa por una negociación seria y constructiva donde se consideren los intereses de las dos partes.

Go ahead president Obama, yes you can!

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