Los generales narcisos


 

 

 

David Brooks

Todo iba tan bien en el país más poderoso del mundo. Mientras se giraban órdenes a soldados para atacar, controlar, conquistar terreno y mantener bajo control los campos de guerra en Iraq, Afganistán y otros puntos del mundo, y con ello resguardar la seguridad nacional de Estados Unidos, en Tampa sus generales de cuatro estrellas bebían champaña, fumaban puros y coqueteaban con sus admiradoras en fiestas de lujo.

La telenovela que se estrenó recientemente ha gozado de un público mundial y ha revelado mucho sobre la potencia militar suprema del país indispensable. Es un regalo de los dioses para los cómicos, y una distracción deliciosa para el público que, como en cualquier sociedad en la historia, goza inmensamente la larga y estrepitosa caída de los que se ponen en la cima del Olimpo.

Entre las mejores reacciones al escándalo sexual de cuatro estrellas hubo una que sugirió —después de años de oposición a que los gays participaran abiertamente en las fuerzas armadas con el argumento de que podrían desmoralizar a las tropas y generar conflictos y tensiones sexuales— que tal vez es otro el problema: “Tenemos que hacer algo sobre los heterosexuales en las filas militares. Nos tenemos que deshacer de ellos¼ Probablemente fue un error haberles permitido ingresar. Los ejércitos tradicionales siempre fueron gays”, reportó el corresponsal de defensa John Oliver en el nacionalmente influyente noticiero ficticio The Daily Show, con Jon Stewart.

Por ahora, todos saben que David Petraeus, uno de los generales más condecorados de su generación, al que se le atribuye la conquista militar final de Iraq, el manejo de lo que se dice es la fase final de la guerra más larga en la historia del país, en Afganistán, y quien hasta hace unos días estaba encargado del frente clandestino y de inteligencia de la gran guerra mundial contra el terror como director de la CIA, y uno de los más ambiciosos, que sentía especial deleite en promover su figura pública, cayó ante los encantos de Paula Broadwell, su biógrafa.

¿Cómo fue que un hombre que exigía sobre todo disciplina a sus subordinados, bajo la advertencia de que alguien siempre está observando, cayó ante los hechizos de Broadwell?, se preguntan todos.

Y una vez que lo hizo ¿cómo es que uno de los máximos jefes de espionaje no logró mantener sus secretos? Bueno, resulta que la pareja ilícita intentó ocultar su comunicación con algo que aprendió de Al Qaeda (también utilizado por adolescentes): a través de una cuenta conjunta de Gmail donde solo escribían borradores que nunca se enviaban y así cada quien, al entrar a la cuenta compartida, podía ver lo que había escrito el otro, reportó el Washington Post.

Fue asombroso ver cómo la telenovela/tragedia griega evolucionaba. Hasta la fecha, y antes de que empiecen los nuevos episodios esta semana (el padre de Broadwell acaba de comentar a Newsweek que hay mucho más que va a salir), sabemos que una tal Jill Kelley —quien con su marido era anfitriona de fiestas de lujo en su gran casa para altos oficiales militares de la base militar McDill en Tampa, sede del Comando Central desde donde se manejaban las guerras en Iraq y Afganistán, y justo donde conoció a Petraeus y su sucesor, el también general de cuatro estrellas John Allen— se quejó con un amigo y agente del FBI de que estaba siendo hostigada con correos electrónicos anónimos que atacaban su relación con Petraeus. El FBI descubre que la autora de los correos fue Broadwell, pero peor, en el transcurso de la investigación sus agentes se topan con evidencia de que Broadwell y Petraeus sostuvieron una relación sexual, algo que podría tener graves implicaciones tanto políticas como para la seguridad nacional. Después de meses de investigación se informa a la Casa Blanca sobre el asunto el día de las elecciones. El general sabe que hasta aquí llegó su carrera y acepta renunciar como director de la CIA tres días después.

¡Pero ahí no acaba la cosa! El FBI también descubre que Kelley, por la investigación que ella misma detonó, ha sostenido un coqueteo sexual vía correo electrónico (más de 20 mil páginas de intercambio epistolar) con el general Allen, quien recientemente había sido postulado para ser el próximo comandante militar de Estados Unidos en Europa. En tanto, el reconocido agente delFBI que inició la investigación para su amiga se vuelve objeto de otra investigación al descubrirse que él había enviado imágenes inapropiadas a Kelley en las que aparecía sin camisa.

Por otro lado, los medios descubren que el matrimonio Kelley enfrenta demandas legales por deudas multimillonarias, o sea, que tal vez no son lo que aparentaban. Pero ellos siguen pensando que son importantes: hace un par de días Kelley llamó a la policía para pedir protección ante la invasión de reporteros, invocando su inmunidad diplomática, ya que hace tres meses fue designada cónsul honoraria por la embajada de Corea del Sur en Washington, lo cual no otorga ningún privilegio diplomático.

Y en la investigación el FBI descubre que la ahora examante de Petraeus tenía información oficial confidencial en su computadora, todo lo cual entregó a la agencia, pero eso podría provocar una investigación criminal en su contra.

A todo esto, el secretario de Defensa Leon Panetta anunció una amplia revisión de las normas de conducta por altos oficiales militares.

Y en su primera conferencia de prensa después de su reelección, las primeras preguntas para el comandante en jefe Barack Obama no son sobre sus propuestas políticas ni los grandes temas que están en la agenda, sino sobre las aventuras sexuales de sus generales.

El cómico satírico Stephen Colbert acaba de escribir un nuevo libro que se titula América otra vez: reconvirtiéndonos en la grandeza que nunca fuimos. Eso más o menos resume todo esto, por ahora. Mientras tanto, siguen muriendo jóvenes estadounidenses y civiles en las guerras guiadas por generales enamorados de sus biografías. (Tomado de La Jornada)

 

 

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